Una nueva era de riesgos energéticos está transformando la economía mundial e impulsando la transición energética
Los temores sobre la seguridad energética solían concentrarse en la industria pesada, la fabricación y el transporte. Hoy en día, el riesgo energético se está integrando en la economía en general, lo que supone un impulso esencial para las infraestructuras que facilitan la transición energética.
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En los últimos cinco años, dos crisis sistémicas han puesto a prueba la resiliencia del sistema energético moderno —una parte fundamental de la economía actual—: la guerra en Ucrania y el conflicto en curso en Oriente Medio. Ambos acontecimientos provocaron escasez en el suministro de combustible y un fuerte repunte de los precios mundiales de la energía.
Estas crisis, de diferentes maneras, han puesto de manifiesto la misma debilidad estructural. Las economías que siguen dependiendo en gran medida de los combustibles fósiles comercializados a nivel internacional son extremadamente vulnerables a las perturbaciones geopolíticas, la volatilidad de los precios y la incertidumbre del suministro. Lo que comienza como un conflicto regional o una crisis de suministro se convierte rápidamente en un problema que afecta a los mercados mundiales, repercutiendo en la inflación, los tipos de interés y el crecimiento económico en general.
Las últimas tensiones en Oriente Medio sirven como un nuevo recordatorio de que la seguridad energética ya no puede considerarse de forma limitada como un problema de suministro. Se trata también de reducir por completo la exposición a los problemas externos provocados por los precios de los combustibles. Esto puede convertirse en un importante impulso estructural para la transición energética mundial.
Problemas por el lado de la oferta
Los mercados del petróleo y el gas siguen siendo muy sensibles a los acontecimientos geopolíticos, y hasta los cambios relativamente pequeños en las expectativas de oferta pueden provocar fuertes fluctuaciones en los precios. Esas fluctuaciones de precios se propagan a su vez por las economías a través de los precios mayoristas del gas y la electricidad a corto y medio plazo (véase el ejemplo siguiente basado en datos del Reino Unido), así como a través de los costes de transporte, la producción industrial y, en última instancia, la inflación al consumo.
Los precios mayoristas de la electricidad se han disparado
Precios mayoristas previstos de la electricidad en el Reino Unido (£/MWh), marzo de 2026-diciembre de 2028
Fuente: Refinitiv, Schroders Greencoat, 27 febrero 2026. Frecuenca mensual.
Para los responsables políticos, esto plantea un dilema conocido pero cada vez más difícil: la presión inflacionista impulsada por problemas del lado de la oferta y los costes de los insumos es notoriamente difícil de contener mediante el mecanismo tradicional de subida de los tipos de interés, diseñado para frenar la demanda. Una política de endurecimiento demasiado agresiva corre el riesgo de socavar el crecimiento, mientras que no lograr contener la inflación aumenta la posibilidad de una estanflación.
Cambios en el lado de la demanda
Si los mercados energéticos son actualmente un tema clave en la economía y la política monetaria, la dinámica de la demanda —concretamente, el aumento de la demanda de energía— está alterando la ecuación de manera similar.
En la era digital, la electricidad está asumiendo un papel económico comparable al que desempeñó el petróleo durante la era industrial. La revolución de la inteligencia artificial, el auge de los centros de datos y la electrificación y digitalización de sectores de toda la economía están impulsando la demanda de electricidad —en algunos lugares, por primera vez en más de una década—.
Dada la magnitud del crecimiento previsto para los próximos años (véase el gráfico), esto a su vez transforma la electricidad de un servicio público secundario en un factor determinante de la competitividad económica.
La capacidad de las energías renovables se cuadruplicará para satisfacer la creciente demanda energética
Fuente: Aurora Energy Research (mayo de 2022 y enero de 2024), Schroders Greencoat, Goldman Sachs Research, Washington Post, IRENA (2024): Estadísticas sobre capacidad renovable, SolarPower Europe (2024), LCP Delta (2023), estimaciones de Schroders Greencoat. Las proyecciones se basan en supuestos, estimaciones, opiniones y modelos o análisis hipotéticos, que podrían resultar inexactos o incorrectos. 1BNEF New Energy Outlook 2024, inversión acumulada en capacidad de centrales eléctricas, incluyendo hidrógeno, energía nuclear, centrales nucleares modulares pequeñas, bioenergía, energía hidroeléctrica, otras energías renovables, energía fotovoltaica a gran escala, energía fotovoltaica a pequeña escala, energía eólica terrestre,
energía eólica marina y energía hidroeléctrica de bombeo. Las proyecciones y las declaraciones prospectivas no constituyen una garantía de rentabilidad futura y no hay garantía de que se cumplan las previsiones o proyecciones.
Los centros de datos constituyen quizá el ejemplo más claro de este cambio. A medida que aumenta la intensidad computacional, también lo hace la demanda de electricidad. Si bien el coste asequible de la energía es un factor importante a la hora de construir centros de datos, la pieza más crucial del rompecabezas es poder acceder a las redes eléctricas y a un suministro de electricidad fiable. Esto se está convirtiendo cada vez más en un requisito previo para el crecimiento de los sectores que impulsan la productividad y la innovación y, por ende, para los resultados económicos en general.
Seguridad energética y resiliencia económica
En conjunto, esto cambia la naturaleza misma del concepto de seguridad energética. Históricamente, las preocupaciones en torno al suministro energético se centraban en la industria pesada, la fabricación y el transporte. Hoy en día, el riesgo energético se está integrando en la economía en general.
En ese contexto, la fiabilidad y el coste de la electricidad importan más que nunca. El reciente repunte a corto plazo de los precios de la energía ha provocado una onda de choque económica; a largo plazo, la volatilidad sostenida de los precios de la electricidad repercute directamente en los márgenes empresariales, las decisiones de inversión y la competitividad a largo plazo. Las economías capaces de suministrar electricidad estable y asequible probablemente disfrutarán de una ventaja estructural.
La transición hacia la electrificación representa, por lo tanto, algo más que una estrategia de descarbonización. Cada vez más, se trata de una estrategia de resiliencia económica, tanto en lo que respecta a la reducción de la dependencia de los combustibles fósiles importados como a la reducción de la exposición a la creciente volatilidad de los precios energéticos a nivel mundial.
Las tecnologías de energía renovable poseen una característica distintiva que las diferencia de los sistemas de combustibles fósiles: una vez construidas, funcionan sin costes continuos de combustible. Si bien la infraestructura renovable puede requerir una inversión inicial elevada, los gastos de funcionamiento tienden a ser comparativamente bajos y estables, ya que la generación no está vinculada a materias primas volátiles que se comercializan a nivel internacional.
Transición energética: divergencia en los enfoques globales
Las implicaciones se reflejan en los diferentes enfoques que las principales economías están adoptando en materia de política energética. China ha seguido quizá la estrategia más coordinada, combinando un rápido despliegue de las energías renovables con una electrificación generalizada del transporte y la calefacción. El resultado ha sido una menor dependencia de los combustibles importados y de la volatilidad de los precios mundiales de las materias primas.
El cambio ya se refleja en los datos. La generación de energía limpia cubrió la mayor parte de la demanda incremental de electricidad de China en 2024 y, a principios de 2025, la superó, reduciendo la dependencia de la generación tradicional a partir de combustibles fósiles. El objetivo general es que una mayor parte de la demanda energética pueda satisfacerse mediante electricidad generada en el país, desvinculando así la economía de las fluctuaciones de los mercados de combustibles.
El consumo de combustibles fósiles en China se está estabilizando a medida que aumenta la generación de energía limpia
Fuente: Balances energéticos mundiales de la AIE, datos mensuales sobre electricidad, Ember. Consumo final de energía: la categoría «otros» incluye los biocombustibles, la calefacción, la energía geotérmica y la energía solar térmica. Se excluye el uso no energético de los combustibles fósiles. Generación de electricidad: la categoría «otras fuentes limpias» incluye la bioenergía, la energía nuclear y la energía hidroeléctrica.
Estados Unidos, por el contrario, está siguiendo un camino menos directo. La inversión en energías renovables sigue creciendo rápidamente, pero, al mismo tiempo, Washington ha mantenido un firme apoyo a la producción nacional de petróleo y gas; Estados Unidos es el país con mayor producción de petróleo del mundo. Esa estrategia ofrece flexibilidad a corto plazo y respalda el suministro energético nacional, además de haber impulsado los ingresos por exportaciones a corto plazo. Sin embargo, a pesar de ello, seguimos observando una actividad significativa en EE.UU. en torno a las energías renovables, tanto por las ventajas de coste que estas ofrecen en las zonas ventosas y soleadas del país, como por el papel que pueden desempeñar como la tecnología con la vía más rápida de comercialización en un periodo en el que se prevé que la demanda de electricidad crezca rápidamente.
Europa ofrece otro caso de estudio muy instructivo. La crisis energética desencadenada por la invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022 obligó a una rápida reevaluación de la dependencia del continente respecto al gas natural importado. La respuesta política resultante aceleró la inversión en energías renovables, la diversificación energética y la electrificación.
España constituye un claro ejemplo de cómo la diversificación está empezando a reflejarse en los precios. Si bien es cierto que el mercado de las energías renovables en España no siempre ha ofrecido una experiencia satisfactoria a los inversores, sí demuestra que la inversión sostenida en energías renovables —unida a unas condiciones favorables para la generación de energía renovable, como un clima con un nivel desproporcionadamente alto de sol y viento— ha reducido el papel del gas natural en la fijación de los precios de la electricidad.
En lo que va de 2026, los precios de mercado del gas han determinado los precios de la electricidad durante aproximadamente el 15% de las horas en España, definidas como aquellas horas del día en las que los precios mayoristas de la electricidad se sitúan en el coste marginal a corto plazo de la energía generada con gas o por encima de este, en comparación con cerca del 90% en Italia. En el Reino Unido, esta cifra ha descendido del 85% en 2021 a alrededor del 60% en la actualidad, según datos del Operador Nacional del Sistema Eléctrico (NESO).
La influencia del gas en los precios de la electricidad varía según el país de la UE
Fuente: Montel, GME, MIBGAS, ENTSO-E. Datos a 10 de marzo de 2026 (día de entrega). Los cuatro principales países de la UE por capacidad instalada de generación de gas. La influencia del gas se define como el porcentaje de horas en las que el precio mayorista de la electricidad del día siguiente es igual o superior al coste marginal a corto plazo de la energía generada con gas.
En toda Europa, el panorama apunta en una dirección similar. Las energías renovables representaron más del 47 % de la generación eléctrica de la UE en 2025, lo que sugiere que la resiliencia se está consolidando cada vez más a través de un cambio en la estructura del suministro, más que mediante respuestas políticas a corto plazo.
La transición energética y la evolución del panorama de riesgos
Nada de esto implica que la transición energética elimine por completo el riesgo sistémico o geopolítico. Más bien, cambia el lugar donde reside ese riesgo.
Históricamente, la seguridad energética se centraba en el acceso a las reservas de petróleo y gas concentradas en un número relativamente reducido de regiones. La transición hacia la electrificación desplaza la atención hacia las fases iniciales del proceso, es decir, hacia la fabricación, las cadenas de suministro tecnológicas y los minerales críticos. Esto introduce una nueva serie de vulnerabilidades estratégicas.
Los minerales críticos, como el litio, el cobre y los elementos de tierras raras, están cobrando cada vez más importancia para la producción de baterías, electrónica e infraestructuras renovables. Al mismo tiempo, la capacidad de fabricación de muchas tecnologías de energía limpia sigue estando muy concentrada geográficamente. En particular, la relación de Occidente con China, fuente clave de minerales esenciales y líder en la fabricación de tecnología, podría cobrar mayor relevancia.
La cuestión es si las economías están simplemente sustituyendo una dependencia por otra. Sin embargo, existen diferencias importantes. Las reservas de combustibles fósiles vienen determinadas en gran medida (e irrevocablemente) por la geografía. Las cadenas de suministro de energías renovables, la capacidad de fabricación y la infraestructura de la red eléctrica pueden configurarse de forma más directa mediante la estrategia industrial, la inversión y las políticas. Además, las cadenas de suministro de energías renovables son especialmente relevantes para la construcción de nueva capacidad; una vez construidos, los activos funcionan durante décadas con una dependencia mínima de sus proveedores originales.
También se requiere atención política e inversión a corto plazo para modernizar la infraestructura de la red eléctrica, que está envejeciendo y está mal equipada para hacer frente a la naturaleza más intermitente de la energía renovable. Los retrasos en la concesión de permisos y los cuellos de botella en la transmisión son otras limitaciones críticas emergentes en muchos mercados.
Estos son “puntos críticos” evidentes que requerirán inversión para liberar todo el potencial de la transición. No basta con construir capacidad de generación renovable; las economías también deben invertir en las redes y los sistemas de almacenamiento necesarios para distribuir la electricidad de forma fiable.
¿Qué significa esto para los inversores?
¿Qué implica todo esto en la práctica, y por qué debería importarles a los inversores?
A corto plazo, muchos activos de infraestructura para la transición energética expuestos a los precios del mercado se han beneficiado del aumento de los precios de la electricidad sin el correspondiente incremento de los costes operativos al que se enfrentan los activos de generación dependientes de los combustibles. Hemos observado esta dinámica en nuestras propias carteras. Esto ha llegado en un momento especialmente oportuno, ya que las subidas de los tipos de interés y la inflación están ejerciendo presión sobre otras fuentes de flujo de caja predecibles.
De manera más crítica y a largo plazo, el hecho de que las economías se hayan visto sacudidas por una segunda crisis impulsada por los precios de la energía en cinco años está creando más vientos favorables estructurales y un reenfoque de la atención gubernamental hacia el apoyo y la inversión en oportunidades de infraestructura de transición energética.
En muchas regiones ya existían planes ambiciosos que requerirían una financiación sustancial de capital privado. La AIE ha estimado que es necesario invertir 4,5 billones de dólares al año en la transición energética a partir de 2030, y la transición energética ya ha sido, con diferencia, el segmento más activo dentro de la inversión en infraestructuras durante varios años. Esto promueve un conjunto de oportunidades amplio y cada vez más profundo para los inversores.
Es fundamental destacar que las oportunidades se están ampliando más allá de las energías renovables tradicionales, como la eólica y la solar. Para reducir la dependencia del petróleo y el gas, y aprovechar al máximo el potencial de la generación de energía limpia, también será necesario desarrollar la calefacción eléctrica; combustibles limpios alternativos, como el hidrógeno verde y el biometano; sistemas de almacenamiento en baterías para gestionar la carga intermitente de las energías renovables; e inversiones para modernizar la infraestructura de la red eléctrica, que se encuentra en proceso de envejecimiento.
Más allá de que simplemente haya más oportunidades, las infraestructuras de transición energética ofrecen importantes beneficios en cuanto a diversificación de la cartera, resiliencia y rentabilidad. Se trata de un ámbito que ofrece exposición a un conjunto de riesgos muy diferenciado, acceso a flujos de caja fiables y vinculados a la inflación, así como potencial de crecimiento del capital. Ha generado resultados que no están correlacionados con otras clases de activos, incluida la infraestructura privada más diversificada en general, con una rentabilidad significativamente superior durante la última recesión impulsada por los precios de los combustibles en 2022.
También es un ámbito que ha ganado en complejidad y matices, y que ahora presenta múltiples facetas en cuanto a las oportunidades de inversión y los conocimientos necesarios para invertir de forma eficaz. Por este motivo, el papel de los inversores especializados capaces de desenvolverse en los diferentes sistemas, tecnologías, regímenes normativos y operadores de red ha cobrado más importancia que nunca.
Una nueva definición de resiliencia
El desarrollo de fuentes de energía limpia más orientadas al mercado interno, junto con tecnologías que reduzcan la dependencia del petróleo y el gas en sectores en los que es difícil reducir las emisiones, debería contribuir a proteger a las economías de las crisis económicas provocadas por los precios de la energía. También debería respaldar y estabilizar los precios de la electricidad a lo largo del tiempo, mejorando la asequibilidad de la energía, otra prioridad clave para los gobiernos.
Todo ello apunta a la resiliencia energética y económica. Para los inversores, las infraestructuras de transición energética se beneficiarán de vientos favorables que aumentará un abanico de oportunidades ya de por sí amplio, incrementando las fuentes potenciales de resiliencia para sus propias carteras.
En términos más generales, la transición energética representa una importante reasignación de capital entre la generación, el almacenamiento, el transporte y la electrificación. Las crisis recientes han reforzado la idea de que la resiliencia económica no puede basarse únicamente en los bancos centrales o en la intervención fiscal, ni puede ser únicamente un impulso reactivo una vez que surgen las repercusiones. Depende cada vez más de cómo estén estructurados los propios sistemas energéticos.
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